El destino, esta vez, le guiñó un ojo a Yanina Martínez. Hace 9 años, en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012, la rosarina llegó tercera en la prueba de los 200 metros. Alzó los brazos, se le iluminó el rostro y festejó.

La alegría duró un suspiro. Los jueces confirmaron que Martínez había obstruido el camino de sus rivales durante la carrera y la descalificaron. De la risa a la decepción en cuestión de segundos.

Ahora, en Tokio, Yanina se cobró una revancha. En esta ocasión todo fue a la inversa. Tras una buena carrera y cuando parecía que se quedaba con el tercer puesto, la alemana Nicoleitzik arremetió en los últimos metros y la dejó con las manos vacías.

Cuando Martínez cruzó la meta, en el cuarto puesto, se llevó las manos a la cabeza por ese desenlace inesperado. Hasta que llegó esa información oficial que cambió el rumbo: afuera la alemana por pisar la línea interna de su carril. Y el bronce, entonces, cambió de dueña. Igual que hace 9 años, pero esta vez con color celeste y blanco.