Hugo Acuña tenía 27 años cuando, en soledad y desde la oscuridad de una habitación, dijo basta. Después de siete años de encierro decidió pegar un volantazo y enderezar el rumbo de su vida.

A los 11, Hugo había quedado ciego del ojo izquierdo por culpa de un golpe certero con un palo de escoba, mientras jugaba con unos compañeros de una Iglesia Evangélica. Pero las consecuencias de ese accidente lo llevó a perder la visión del ojo derecho a los 20. Y ahí comenzó el infierno. “Pensé que mi vida estaba terminada. No quería salir, creía que no iba a poder hacer nada. Durante siete años no salí solo a ningún lado, tenía miedo de todo”. Pero hubo un click en su vida.

Graciela, una vecina del barrio Ludueña de Rosario, donde Hugo aún vive con su esposa y sus seis hijos, le comentó que existía una escuela para personas ciegas, donde les enseñaban a leer y escribir en Braille y a lograr mayor autonomía. Hugo fue a averiguar… pero no arrancó. Sin embargo, dos años después, juntó fuerzas y comenzó en el Centro Braille Rosario.

“Me di cuenta que así no podía seguir y ese click llegó de la mano de mi mujer (Ana) y mi hijos (Uriel –de 18-, Rafael, Benjamín, Sheila, Leyla y Layla (la más chiquita, de 1 año y 10 meses). Entonces pasé de no animarme a hacer nada solo a insertarme en la sociedad, y el primer paso fue conocer el sistema Braille. El segundo fue hacer deportes”, explica.

En el Centro Braille le presentaron al psicólogo Pablo Colongo, quien también jugaba al fútbol para ciegos en ARDEC (Asociación Rosarina de Deportes para Ciegos). Hugo le encontró la vuelta rápido y se convirtió en un defensor prolijo y eficiente. Ahí también conoció a Claudio Monzón, exjugador de Los Murciélagos, quien se convirtió en su amigo inseparable. Su recorrido futbolístico (siempre con Monzón) continuó nada menos que por Boca, junto a Silvio Velo y, en 2017, pasó al equipo Fundación Paradeportes – GoGol, aunque ahora su camino va por el atletismo: en 2021, si la pandemia lo permite, va a correr en junio los 42K de Rosario y después los 50K en Formosa.

“El fútbol me gusta, pero es demasiado friccionado: perdí dos dientes, sufrí muchos golpes en el rostro y hasta cabezazos en la nariz. Ahora no creo que siga jugando porque no me quiero lesionar las rodillas para poder seguir corriendo. Además, tengo problemas en el oído derecho (Nota de la R: tiene perforado el tímpano y está desde hace meses a la espera de un turno con el cirujano del Hospital del Centenario de Rosario) y un pelotazo me puede lastimar”, asegura este hombre de 38 años, fanático de Rosario Central, quien siempre está de buen humor y con un optimismo envidiable. El asunto es que el bichito del atletismo le picó fuerte. Una invitación le abrió otra puerta. “¿Querés venir a correr?”, le propusieron una tarde. Hugo dijo que sí, sin saber que tenía un talento que ni siquiera él conocía. “Fui a probar en una carrera de ocho kilómetros y estuve bien, pero terminé agotado física y mentalmente. Pero me gustó”, explica.


Las invitaciones no cesaron. Y así Hugo fue acumulando kilómetros. “Le tomé el gustito. Iba a correr sin prepararme y sin tener una dieta”, dice, entre risas. Pero se fue perfeccionando en gran parte por la ayuda de su guía, Andrea Barria. “Con ella somos un equipo. Me cuida un montón. Con el tiempo nos fuimos conociendo y armando nuestro propio código. Cuando Andrea me aprieta la muñeca sé que se viene un camino rústico, por ejemplo. Nos entendemos muy bien”, confiesa. Ahora su futuro está enfocado en la maratón de los 42 kilómetros de Rosario del próximo año para luego sí, presentarse en los 50K de Formosa. Claro, siempre con Andrea. Los dos juntos.

Y así, entre corridas y entrenamientos, Hugo sigue concretando sueños. El pasado 18 de diciembre terminó el secundario en la escuela para adultos Amelio Santos Foresi de Rosario. Había finalizado la primaria recién a los 16 y el titulo secundario parecía un logro inalcanzable a esta altura de la vida. Sin embargo, encaró ese desafío y en tres años lo consiguió. “Me dijeron que fui la primera persona ciega en recibirme en esa escuela. Los profesores y compañeros, como Rocío Valdez, me ayudaron mucho. Yo tomaba nota con una computadora un poco vieja y grababa las clases con el celular. Este año, con la virtualidad, se hizo todo un poco más difícil, pero lo pude terminar. Mi mujer y mis hijos me dicen que estoy `loco`, pero están orgullosos y felices. Ahora voy por otro objetivo. Ya me anoté en la Universidad Nacional de Rosario para seguir la carrera de Trabajador Social. Quiero devolver un poco de toda la ayuda que recibí en la vida. Lo único que necesito es una buena computadora, la otra ya no quiere más jaja. Ojalá pueda conseguir una aunque sea usada”, dice Hugo quien solo tiene su pensión por discapacidad y la AUH por sus hijos, mientras su esposa Ana también busca un empleo para aportar en la humilde casa del barrio Ludueña.


Superar adversidades, cumplir objetivos y llegar a una meta. De eso se trata la vida de Hugo Acuña: “Valió la pena el esfuerzo del secundario. Quiero que mis hijos tampoco bajen los brazos. Siempre hay que ir un poco más y yo no me rindo tan fácil. La verdad, estoy sorprendido de mi mismo. Estoy muy contento, estoy feliz”.