A Pablo Molina la vida le dio una oportunidad increíble y sorpresiva. En diciembre de 2013, estaba jugando al fútbol con unos amigos en un campito cuando lo observaron desde afuera. Le vieron condiciones y, entonces, llegó el ofrecimiento para jugar en la Selección Argentina de Fútbol 7 con parálisis cerebral. Lo curioso del caso, es que este salteño de 28 años no sabía que padecía esa enfermedad.

“La parálisis cerebral se manfiesta en forma mental y motriz. A mí me pasó que nací con los brazos pegados al cuerpo y me tuvieron que hacer dos operaciones. El ayudante técnico de la Selección me vio, y me convocó. Y luego se lo comunicó a mi viejo, que no lo podía creer. Mi papá pensó que mi problema era un tema de huesos”, explica Molina.Así se descubrió que tenía triplejia, que es una condición médica caracterizada por la parálisis de algún miembro. “Fui a un neurólogo, hice resonancias y me sometí a un montón de estudios médicos”, recuerda. “La gente asocia la parálisis cerebral a que uno no puede hacer nada, y no es así. Al contrario. Yo estoy estudiando para Comunicación Social, estoy en tercer año. Y estudié percusión”, explica. “¿Sabés cuál es mi laburo? Manejo un remise. Seguramente que nadie se imagina que una persona con parálisis cerebral puede manejar. Pero en el equipo de Los Tigres, la Selección Argentina, hay varios que son profesionales”, relata.Pablo es un agradecido. “Es una bendición que Dios me dio la de jugar al fútbol. Soy un apasionado del fútbol. Hace unos años veía a mi hermano que se entrenada a modo profesional y me daba una sana envidia. Hoy, con los Tigres, puedo cumplir un sueño. Salir del país, conocer el mundo gracias al deporte que más le gusta”, explica.

Molina sueña con ser periodista deportivo y, entonces, jugamos a que analiza a los Tigres. “Argentina tiene un equipo que está en constante crecimiento. Ultimamente mostramos una faceta más ofensiva, ahora utilizamos un esquema 2-3-1. Nos espera un año con muchos desafíos. El Premundial, el Mundial que clasifica a Río de Janeiro, los Juegos Parapanamericanos de Toronto”.

“En la Selección juego de defensor y cuando no concentramos en Buenos Aires me entreno en Juventud Antoniana. También voy al gimnasio seis de los siete días de la semana. Tengo que cumplir un plan de entrenamiento. No quiero desperdiciar esta chance porque me siento un privilegiado y tengo que ser responsable”, cuenta. En el final, Pablo elogió al entrenador Osvaldo Hernández. “Es muy importante para nosotros porque nos orienta, y nos exige que estudiemos. En ese sentido es estricto y está perfecto que así sea. El nos prepara para el futuro”. Pablo Molina, un agradecido de la vida que vive un sueño del que no quiere despertar jamás.