Mauricio Ibarbure lanza con el pie la bocha inicial en el último parcial del partido entre Argentina y Hong Kong por los cuartos de final de los Juegos Paralímpicos. La bocha azul queda pegada al bochín, y los seis intentos de los asiáticos pasan cerca, pero ninguno consigue desplazarlo. Entonces, Coqui mira hacia arriba, gira sobre su cuerpo, festeja y llora.

Por la cabeza de Coqui pasan muchas imagenes. Ese certero envío que nació en su zurda mágica y que decretó la histórica victoria, sus cinco Paralímpicos representando a la Argentina, y la imagen de Tatiana, su hija de apenas cuatro días. Es que la niña llegó al mundo cuando Ibarbure recién se instalaba en Río de Janeiro.

Coqui Ibarbure tiene 35 años, padece parálisis cerebral de nacimiento, es un histórico de las boccias y está casado con Lorena, su ex asistente. Ahora también es papá. “Es el mejor momento de mi vida. Feliz en lo personal y en lo deportivo”, explica, emocionado. El diálogo con Paradeportes se establece a través de su asistente, Agustín Molpeceres, un profesor de Educación Física que vive en Balcarce y que lo sigue a sol y sombra.

“Es un tipo alegre y divertido, se la pasa jodiendo. Es el integrante más experimentado del equipo y aunque no habla, se hace entender por gestos”, cuenta Agustín con la aprobación de Ibarbure. “Piensa mucho en su hija y trato que no se distraiga”, agrega.

Ibarbure, que comenzó a jugar a las boccias hace 25 años, se entrena entre cuatro y cinco veces por semana. Y también trabaja para la Asociación de Pintores sin manos. Con el mismo pie con el que lanza la bocha, pinta cuadros, escribe por whatsapp y come chocolates, su gran tentación.

“Agustín es un pibe maravilloso, me apoya adentro y afuera de la cancha. Es como mi segunda madre”, dice el Coqui, y se ríe. Agustín, su auxiliar técnico desde hace tres años, tiene varias tareas: acomodarle el brazo en el momento previo del lanzamiento, darle de comer, ayudarlo a la hora de la higiene, entre otras. “Hay una relación de amistad. Y para mí es un ejemplo de vida”, dice Agustín.